La industria española resiste mejor que sus vecinos europeos y recupera los niveles previos a la guerra de Ucrania
La industria europea afronta desde 2022 un periodo marcado por la combinación de tensiones geopolíticas, costes energéticos elevados, alteraciones en las cadenas de suministro y una mayor presión sobre la competitividad. La guerra de Ucrania supuso un punto de inflexión para buena parte de las economías industriales del continente, especialmente para aquellas con una elevada exposición al gas y a determinados sectores intensivos en energía. El impacto ha sido particularmente visible en economías como Alemania e Italia, donde actividades industriales de gran peso han tenido que hacer frente simultáneamente al encarecimiento de la energía, la transformación de la demanda y las dificultades en el suministro de determinadas materias primas.
La evolución de la industria española presenta algunas diferencias respecto a este comportamiento. La producción manufacturera del país ha recuperado y superado los niveles anteriores a la guerra de Ucrania, mientras Alemania e Italia permanecen por debajo de aquellos registros. Esta evolución se produce en paralelo a un crecimiento de la economía española superior al registrado por el conjunto de la Unión Europea desde 2022, con tasas anuales que, según el análisis económico de Coface, han llegado a situarse entre dos y seis veces por encima de las comunitarias.
La trayectoria industrial española está relacionada con varios factores estructurales: una composición sectorial relativamente diversificada, una posición competitiva basada en unos costes laborales inferiores a los de otras grandes economías europeas y una transformación rápida del sistema eléctrico mediante el crecimiento de la generación solar y eólica. Estos elementos han contribuido a reducir determinadas exposiciones frente a las perturbaciones energéticas que han afectado al continente.
Una estructura industrial más diversificada
La composición de la industria tiene una incidencia directa sobre la capacidad de una economía para absorber una perturbación concentrada en determinados sectores. Alemania e Italia presentan una exposición significativa a actividades como la automoción, la maquinaria y la metalurgia, sectores que han experimentado las consecuencias de los elevados costes energéticos y de las alteraciones de las cadenas de suministro desde el inicio de la guerra de Ucrania.
La industria española cuenta con una estructura más diversificada, en la que conviven actividades de alto valor añadido, como la industria farmacéutica, los equipos eléctricos y la electrónica, con sectores industriales de elevado consumo energético, entre ellos el papel, los plásticos y la industria química. Esta composición permite distribuir de forma más amplia el peso de los distintos sectores manufactureros y reduce la dependencia de una única rama industrial.
La evolución de las exportaciones constituye otro indicador relevante. España ha mantenido desde 2015 su cuota de mercado de exportación dentro de la Unión Europea, mientras Alemania y Francia han registrado descensos. La capacidad exportadora de la industria española se ha mantenido así en un entorno europeo caracterizado por una creciente competencia internacional y por la transformación de los flujos comerciales.
La diversificación también tiene una dimensión geográfica. La presencia de empresas españolas en diferentes mercados y cadenas de suministro permite reducir la dependencia de determinados destinos y facilita la adaptación ante cambios en la demanda o en las condiciones comerciales. Esta característica adquiere especial importancia en un periodo en el que las relaciones comerciales europeas están experimentando una progresiva reconfiguración.
Los costes laborales mantienen una diferencia significativa
Los costes laborales constituyen otro de los elementos que condicionan la posición competitiva de la industria española. En 2025, los costes laborales por hora del sector manufacturero se situaron un 40 % por debajo de los registrados en Francia y un 43 % por debajo de los de Alemania, según los datos recogidos en el análisis de Coface.
Esta diferencia proporciona a los fabricantes españoles un margen de costes relevante frente a otras grandes economías industriales europeas. La ventaja resulta especialmente significativa en actividades donde la mano de obra continúa teniendo un peso importante dentro de la estructura de costes.
La evolución reciente introduce, sin embargo, un elemento de presión. Entre 2022 y 2025, los costes laborales por hora de la industria manufacturera española aumentaron un 15 %, mientras que la productividad real creció menos de un 3 %. La diferencia entre ambas magnitudes plantea una cuestión estructural para la competitividad industrial: la evolución de los costes debe guardar una relación sostenible con la capacidad productiva obtenida por cada unidad de trabajo.
La productividad adquiere así un papel central en la evolución futura de la industria española. La mejora de procesos, la automatización, la digitalización y la incorporación de tecnologías capaces de incrementar la producción por hora trabajada pueden contribuir a compensar el aumento de los costes laborales y mantener la posición competitiva de las empresas.
Esta cuestión resulta especialmente relevante en un momento en el que la industria europea está realizando inversiones destinadas a modernizar instalaciones, reducir consumos energéticos y automatizar procesos. La competitividad industrial depende cada vez más de la combinación entre costes laborales, eficiencia productiva, tecnología y disponibilidad de energía.
La transformación del sistema eléctrico
La energía constituye otro de los elementos que diferencian actualmente a España dentro del panorama industrial europeo. El fuerte crecimiento de la generación solar y eólica ha modificado la composición del sistema eléctrico nacional. En 2024, las energías renovables representaron el 58 % del mix eléctrico español, según los datos incluidos en el análisis.
El aumento de la generación renovable reduce la dependencia del gas para producir electricidad y disminuye la exposición del sistema eléctrico a las oscilaciones de los mercados internacionales de combustibles. Esta característica adquirió especial relevancia después de 2022, cuando el encarecimiento del gas tuvo una repercusión directa sobre los mercados eléctricos europeos.
El peso del gas en la determinación del precio eléctrico también muestra diferencias importantes entre países. Según los datos del análisis, a comienzos de 2026 el gas condicionaba el precio de la electricidad en España alrededor del 15 % del tiempo, frente al 89 % registrado en Italia. Esta menor exposición constituye un elemento relevante para una economía con una creciente demanda de electricidad asociada a la electrificación de procesos industriales y del transporte.
El desarrollo de las energías renovables también ha situado a España en una posición destacada en el mercado europeo de contratos de compraventa de energía a largo plazo, conocidos como PPA (Power Purchase Agreements). El país concentraba una cuarta parte de la capacidad contratada mediante este tipo de acuerdos, según los datos recogidos en el análisis.
Redes y almacenamiento, elementos pendientes
El crecimiento de la generación renovable no implica automáticamente que toda la energía disponible pueda aprovecharse en el lugar y momento en que se necesita. La integración de grandes cantidades de generación solar y eólica requiere capacidad suficiente de transporte, distribución, almacenamiento y gestión de la demanda.
En España existe una diferencia entre el ritmo de expansión de las energías renovables y el destinado al refuerzo de las redes eléctricas. El análisis señala que el país invierte alrededor de 0,30 dólares en redes por cada dólar destinado a energías renovables, frente a aproximadamente 0,70 dólares en buena parte de los países europeos.
Una de las consecuencias de esta situación es la necesidad de limitar en determinados momentos la generación renovable que podría producirse con la capacidad instalada disponible. En 2025, estas restricciones llegaron a afectar hasta al 11 % de la generación renovable, según los datos del análisis.
El almacenamiento representa otra pieza fundamental. La generación solar presenta una elevada producción durante las horas centrales del día, mientras que la demanda eléctrica puede concentrarse en otros momentos. La capacidad de almacenar parte de esa electricidad permite desplazar su utilización y reducir la necesidad de recurrir a otras tecnologías cuando disminuye la generación renovable.
Para la industria, el desarrollo de redes y almacenamiento tiene una importancia directa. Una mayor disponibilidad de electricidad renovable gestionable facilita la electrificación de procesos industriales y puede contribuir a reducir la exposición a combustibles fósiles. La capacidad de acceso a la red y la disponibilidad de potencia se convierten, por tanto, en factores relevantes para decidir nuevas inversiones industriales.
La electrificación como factor de competitividad
La evolución del sistema eléctrico está modificando también la relación entre industria y energía. La electrificación de procesos industriales permite sustituir determinados consumos de combustibles fósiles por electricidad, especialmente en aplicaciones en las que existen tecnologías eléctricas capaces de proporcionar las prestaciones requeridas.
Esta transformación incrementa la importancia de disponer de una electricidad competitiva y con una elevada participación renovable. La ventaja no depende únicamente del precio mayorista, ya que los costes finales para la industria incluyen también peajes, cargos, costes de red, impuestos y otros componentes de la factura.
La diferencia entre el coste de generación y el coste final de la electricidad explica por qué el aumento de la generación renovable todavía no se ha trasladado íntegramente a las facturas de los fabricantes. El incremento de los costes asociados a las redes y la necesidad de seguir desarrollando infraestructuras constituyen factores relevantes dentro de esta ecuación.
El desarrollo de la infraestructura eléctrica adquiere así una dimensión industrial. Las redes deben disponer de capacidad suficiente para conectar nueva generación renovable, atender el crecimiento de la demanda asociado a la electrificación y garantizar la estabilidad del sistema. Al mismo tiempo, el almacenamiento y la gestión flexible de la demanda pueden contribuir a equilibrar producción y consumo.
Una posición industrial condicionada por la productividad y las infraestructuras
La evolución de la industria española desde 2022 muestra una capacidad de adaptación significativa ante un periodo caracterizado por fuertes perturbaciones energéticas y geopolíticas. La recuperación de la producción manufacturera por encima de los niveles anteriores a la guerra de Ucrania, la diversificación sectorial, la diferencia de costes laborales respecto a otras grandes economías europeas y el rápido crecimiento de las energías renovables configuran una combinación de factores que ha condicionado favorablemente la evolución industrial del país.
Esta posición está acompañada, sin embargo, por varios retos estructurales. La productividad debe crecer a un ritmo suficiente para absorber la evolución de los costes laborales, mientras que las redes eléctricas y las instalaciones de almacenamiento necesitan desarrollarse al ritmo que exige la expansión de la generación renovable y la electrificación de la economía.
En este sentido, la inversión en infraestructura energética adquiere una importancia comparable a la inversión en capacidad de generación. El análisis contempla un refuerzo de la red eléctrica española mediante 17.900 millones de euros adicionales de inversión, una actuación que, de materializarse, ampliaría la capacidad del sistema para integrar nueva generación y atender el crecimiento de la demanda.
La industria española se encuentra, por tanto, ante una combinación de oportunidades y condicionantes directamente relacionados entre sí. Una base manufacturera diversificada y unos costes laborales inferiores a los de otras grandes economías europeas proporcionan una determinada posición de partida; el crecimiento de las renovables aporta una nueva fuente de competitividad energética; y la productividad, las redes y el almacenamiento determinarán en buena medida hasta qué punto estas condiciones pueden trasladarse a la actividad industrial.
La evolución de los próximos años estará ligada a la capacidad de convertir la electrificación, la digitalización y la modernización de las infraestructuras en mejoras sostenidas de productividad. En un entorno europeo en transformación, la competitividad industrial dependerá cada vez menos de un único factor y más de la combinación entre capacidad productiva, tecnología, costes, disponibilidad energética e infraestructura.

